Este blog pretende relatar las vivencias de mi viaje a China, si estás buscando información para organizar tu viaje deberías dirigirte a otras webs y foros.

23 de noviembre de 2012

Día 15: Palizón en Shanghai

Preparo la mochila. Salgo del hostel en busca del desayuno en la mejor cafetería - pastelería del universo. Un poco de reflexión mirando la calle mientras me tomo el café. Gente que pasa rumbo al trabajo, coches que pitan, motos que esquivan, obras en la calle, bolsas de grandes almacenes, gente. Y yo estoy aquí. Al otro lado del mundo. Donde la vida parece ser tan igual a mi cotidianidad. Y sin embargo, es tan distinta. Shanghai es trepidante y hoy lo vamos a descubrir, a caminar. ¿Dispuesto a morir? Sí, señor. Pues adelante chaval que la gran city te espera.

Visita al edificio-museo donde se fundó, en 1921, el Partido Comunista Chino. Los chinos lo fundaron y la opresión de las potencias extranjeras lo alimentaron.


Plaza del Pueblo. 24 millones de habitantes, mil rascacielos y resulta que la zona más importante de la ciudad se llama Plaza del Pueblo. ¡Vamos! Que esta gente sigue siendo muy rural. Mi tranquilidad se ve interrumpida por una muchacha que con la excusa de que le saque una foto me empieza a dar conversación. Más bien es un monólogo y parece ser que piensa que soy sordo. Pretende que me una a ella y a su hermana para ver Shanghai. Y a mí que me apetecía echar el día solo, yendo a mi aire. A parte, ese megáfono en la oreja todo el día terminaría por matarme. Me costó hacerle entender que no, que muchas gracias. Creo que se quedó un poco indignada.

Rumbo a Pudong. Increible el skyline. Me río de Manhatan. Aunque, sinceramente, NY tiene más encanto. Subo a la torre Jimao. El mundo allá abajo parece de mentira, como si fuera una maqueta. Mil fotos. Luego, el barrio antiguo. Es increíble la habilidad del turismo para reventar sitios con encanto. El cansancio me arrastra hasta el Bund para ver el atardecer y el skyline de noche. Son las 7 de la tarde. Llevo dando vueltas desde las 9:30 de la mañana. Paseo por la orilla del río, atestada de turistas, la mayoría chinos. Mil fotos más. Cruzo el río en barco. Vuelvo. Me dirijo a Nanjin Street, que me recuerda mucho a Time's Square. Predomina el neón, los comercios, la gente y las actuaciones en la calle. Son las 9.30 de la noche. Tira pal metro, busca donde cenar y venga, pal hostel. Hoy lo has dado todo.

Sí que es trepidante Shanghai, sí que lo es.


18 de noviembre de 2012

Día 14: Reencuentro en Shanghai

Mañana de visita al Templo Liyin y sus jardines. Pero, ¿qué pasa?, ¿que aquí no saben hacer las cosas normalitas? Esto es espectacular. Caminata por los jardines, subir, bajar, subir, cambiar de dirección, subir, subir, ... para ya Fran, que te estás reventando. Más de 400 imágenes talladas en roca, dispersas por todo el jardín, que a mí se me hace que esto es un señor bosque. El templo, cuya entrada se paga a parte, tiene no sé cuantos edificios con imágenes gigantes a las que la gente reza. Seguimos subiendo.

Bus de bajada, que coge una dirección diferente a la esperada. ¿A dónde me lleva? Me alejo del hostel. Relax. Ya está. Ya sé dónde estoy, dónde me debo bajar y qué camino de vuelta coger. En 14 días mi sentido de orientación se ha despertado a marchas forzadas.

Check-out, comida y rumbo a la estación. Está cerca, aunque un taxi vendría bien. ¿20 yuanes? Ni de coña! Sigo caminando. ¿20 yuanes? Que no hombre que no! La guía dice que entre 11 y 15. Más adelante cogeré uno para no llegar justo de tiempo. Casco antiguo nuevamente, dinámico, vivo, antiguo. Muy bonito todo, pero se te ha ido la bola Fran, y ya vas tarde. Busco una moto que me lleve. No pasa ninguna. Sigo buscando. Paro una moto, que ni es taxi ni tiene intenciones de serlo. No se entera de lo que le digo, dice que 10 yuanes. Llevo 6 en la mano. No se entera. Piensa que voy al aeropuerto. Le indico que sólo es de frente y luego a la derecha. Parece que me conozco esta ciudad como de toda la vida. Me dice que suba.  Bien, me lleva. Se emociona, yo también. Toca la pita constantemente. Yo no. Yo digo guuuuuuuuuu, constantemente. Nos reímos como si fuéramos amigos de toda la vida. ¡Mierda! Me has equivocado, no era por aquí... Ah sí, sí, mira la Railway Station ahí delante. Uff!! Le pago. ¡No! No quiere el dinero, me ha traído como un favor. Insisto. Insiste. Pues, muchas gracias, con reverencia incluida.

Tren bala rumbo a Shanghai. 260 km/h y 40 minutos me llevan a mi destino. Metro, 30 minutos. Camino a pie, 10 minutos. Hostel. Aquí me espera Hipi. Hablamos ayer por whatsapp y me han reservado habitación en su hostel. Volvemos a vernos. Bonito reencuentro, pero esta vez dejamos al universo tranquilo. Con Hipi, está Nils, un chaval danés de 20 años que está recorriendo Asia. ¡Toma ya! ¡Qué máquina! Me ducho, agua hirviendo. Increíble. Más agua hirviendo. Fantástico. Vamos en busca de la cena. La encontramos en un chiringuito en la entrada a unas viviendas. Escalope más unos fideos con verduras calman mi estómago. El postre de una pastelería de enfrente que recordaré toda la vida. Todo espectacular. Volvemos al hostel. De camino compramos Mata-ratas camuflado de alcohol. Es la última noche de Hipi y Javi en China. Horas de billar, buena compañía y Mata-ratas con Coca-Cola. A decir verdad, probé un poco y me pasé directamente a ... la Coca-Cola. Javi llega más tarde. Ha estado de compras. Me avisa: "En Beijing, el regateo es agotador, pero tienes que ir". Ahora sí, despedida. Chicos, nos vemos en Barcelona o en Mataró. Buen viaje mañana. 

15 de noviembre de 2012

Día 13: Un matrimonio indisoluble


Temprano estoy desayunando, por supuesto, desayuno americano en el hostel. Me estoy acostumbrando a estos desayunos. Con el estómago lleno, el corazón se contentó al momento y con esa alegría pongo rumbo a la zona antigua de Hangzhou. El pueblo es muy bonito. Esta parte del pueblo, claro. El pueblo en cuestión tiene 8 millones de habitantes y un lago espectacular. Una auténtica maravilla de la naturaleza. Me adentro en el casco antiguo. Está lleno de vida: comercios, casas de te, restaurantes, casas antiguas. Paseo fijándome en todo y sin poner atención en nada. Paseo como despistado. Me mezclo entre la gente. Me compro un pañuelo, adquisición básica para proteger mi garganta. Una vez aquí, me dirijo a la estación de tren. Está cerca. Quiero comprar el billete de mañana. Perfecto, comprado. Mañana a las 16.00 horas Fran, estarás poniendo rumbo a la gran Shanghai. Pero no tan rápido vaquero. Queda disfrutar de Hangzhou. Vuelvo sobre mis pasos al casco antiguo. Descubro una iglesia cristiana. La primera que veo. Entro. La iglesia tiene dos plantas. Están realizando una representación en directo de la Pasión. Me quedo un rato. Observo. Llega el momento del sermón. Eso parece. ¡Claro! Hoy es Domingo. Escucho un rato. Suficiente por hoy. Después del alimento espiritual, toca el alimento sustancial.

El alimento sustancial no me sentó muy bien y en media hora estaba corriendo en busca de un baño público. El baño público estaba en condiciones higiénicas aceptables y no tuve conflicto alguno en usarlo. Me había adentrado en una especie de merendero entre jardines. Los chinos jugaban a las cartas, a las damas chinas, hablaban, reían. Los bares y restaurantes estaban llenos y el espacio natural era espacioso y a la vez acogedor. 

El lago y la Pagoda me ocuparon la tarde-noche. Una vez más, precioso. Hangzhou es una gran ciudad para vivir. Eso parece. Tiene los servicios de una gran ciudad combinado con una naturaleza espectacular. Cierran la Pagoda. Este ha sido otro día intenso. Todo a pie. La mañana queda muy lejana.

Llego al hostel. Uno de mis compañeros de habitación es muy simpático. Aquí son todos chinos. El albergue es enorme y creo ser de los pocos extranjeros que hay. El chico, sobre los 18 años, al decirle que vengo de España, dice las dos palabras mágicas que dicen todos los chinos cuando nombro España: Barceloonaa, Meeessi. Una seguida de la otra. Ha dejado de ser una novedad. Es una constante de todo el viaje. Barcelona y Messi parecen ser un matrimonio indisoluble. 

11 de noviembre de 2012

Día 12: Llegada a Hangzhou



Despierto sobre las 7. He dormido bastante. El tren llega a su destino sobre las 8:30. Busco el bus que me llevará cerca del hostel. Un señor coge el mismo bus que yo y me indica donde lo hemos de coger. También me indicará mi parada. No tiene ciencia alguna, es la última, pero el señor quiere hacer su buena acción del día y yo me siento generoso. Una hora de bus. Después de 18 horas de tren, una hora de bus me parece de risa. Fui de pie todo el trayecto y ya vino bien para compensar tanto tiempo sentado.

Estoy en el centro, pero llegar al hostel requerirá un taxi. 15 yuanes. El de la moto - taxi se niega. Pide 30. Ahí mismo, un motorista dice que me lleva por 15. En una scooter normal. Me subo con mochila a la espalda. Cuando el de la moto-taxi comprueba que es factible, le monta el pollo al de la moto. Competencia desleal. Muy desleal por cierto. Chispea un poco, mis mocos siguen ahí y la mochila se está mojando. Llegamos. Pero no es aquí. Sí. No. Sí. Te digo yo que no, que esto no es un hostel. No tiene pinta de timarme. Sigue chispeando. Enseño la dirección de mi destino a algunos transeúntes  Nadie sabe. Hangzhou tiene 8 millones de habitantes y probablemente mi hostel no sea lo más conocido del lugar. Mi taxista particular pregunta varias veces y llega a la conclusión de que estamos en la calle, pero no en el número. La calle es enorme. Avanzamos y por fin veo el cartel del hostel. Tenga, sus 15 yuanes. Xie xie. Xie Xie.

Los recepcionistas no son especialmente agradables. Me instalo. Me relajo. Repaso la guía. Voy al templo budista de enfrente de la pagoda. Impresiona ver a la gente prendiendo incienso y haciendo reverencias a las imágenes. Imágenes gigantes. Estoy agotado. Doy una vuelta por el lago, pero el cansancio y la gripe, que continua, me impiden disfrutar. Cae la noche. Retirada. Ceno y a dormir. Día raro. Se me ha pasado volando y no he hecho casi nada.

3 de noviembre de 2012

Día 11: Pensé que eran 15


9:23. Perfecto. Has dormido bien Fran. Ducha y desayuno americano. Que gran manera de empezar el día. Compras en el super para el viaje en tren.  El super es inmenso. Fruta, agua, más fruta, algo dulce, algo salado. Efrén ya va con prisas. Su tren marcha tres horas antes que el mío. Volvemos al hostel. Check-out y adiós tío, que vaya bien el viaje. Tienes mi mail. Ok. Disfruta tú también. Suerte. Venga.

La familia francesa y yo, los únicos que ocupamos el salón durante la mañana. Los niños haciendo los deberes con los padres. Yo buscando hostel para Hangzhou. Me esperan 15 horas de tren. Cuando llegue, no quiero estar buscando dónde quedarme. Son las 14:00, toca marchar. Suerte en el viaje. Hasta otra. Ánimo con la aventura. Pour toi, aussí! Rumbo a la estación. Tren T-82. Salimos en hora, las 15:00. Voy preparado: libro, guía, fruta en abundancia, agua, té con limón, clínex, jarabe para la tos, mantita, mascarilla (no se puede ir sin mascarilla si tienes tos), pastillas para la garganta.

He comido antes de subir al tren. Aunque es la segunda vez que cojo tren, ya me parece familiar. La mesita entre los asientos, la lucha por estirar las piernas, la lucha porque no se te duerma la pierna que no has conseguido estirar, la lucha por cambiar de posición la pierna que lleva estirada dos horas, la comida de la gente, las voces, las miradas, los juegos, la venta de comida por los pasillos, la mochila grande arriba y la pequeña conmigo, mil paradas, gente que sube, gente que baja, ...

Tengo sueño. Duermo hasta las 18:00. Leo. Son las 21:00. Llevo 6 horas, no me preocupa  mucho el trayecto, ya se que son 15 horas y me he mentalizado. De las 15:00 hasta las 8:00. Cuenta. ¡Mierda!, son 17... mmm ... Da igual, tenías pensado llegar a las 8:00. Eso es lo que cuenta. Ceno, leo, estoy despierto. Son las 23:37. El ruido del tren empieza a descender. Esto es cada vez más familiar. Más tranquilo. La verdad, pensé me costaría más superar tanto tiempo en tren, sentadito, en un asiento duro, no reclinable. Pero no. La primera experiencia me curtió lo suficiente. A penas se escucha nada. La noche cayó hace mucho rato. La gente duerme. Yo también.