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15 de noviembre de 2012

Día 13: Un matrimonio indisoluble


Temprano estoy desayunando, por supuesto, desayuno americano en el hostel. Me estoy acostumbrando a estos desayunos. Con el estómago lleno, el corazón se contentó al momento y con esa alegría pongo rumbo a la zona antigua de Hangzhou. El pueblo es muy bonito. Esta parte del pueblo, claro. El pueblo en cuestión tiene 8 millones de habitantes y un lago espectacular. Una auténtica maravilla de la naturaleza. Me adentro en el casco antiguo. Está lleno de vida: comercios, casas de te, restaurantes, casas antiguas. Paseo fijándome en todo y sin poner atención en nada. Paseo como despistado. Me mezclo entre la gente. Me compro un pañuelo, adquisición básica para proteger mi garganta. Una vez aquí, me dirijo a la estación de tren. Está cerca. Quiero comprar el billete de mañana. Perfecto, comprado. Mañana a las 16.00 horas Fran, estarás poniendo rumbo a la gran Shanghai. Pero no tan rápido vaquero. Queda disfrutar de Hangzhou. Vuelvo sobre mis pasos al casco antiguo. Descubro una iglesia cristiana. La primera que veo. Entro. La iglesia tiene dos plantas. Están realizando una representación en directo de la Pasión. Me quedo un rato. Observo. Llega el momento del sermón. Eso parece. ¡Claro! Hoy es Domingo. Escucho un rato. Suficiente por hoy. Después del alimento espiritual, toca el alimento sustancial.

El alimento sustancial no me sentó muy bien y en media hora estaba corriendo en busca de un baño público. El baño público estaba en condiciones higiénicas aceptables y no tuve conflicto alguno en usarlo. Me había adentrado en una especie de merendero entre jardines. Los chinos jugaban a las cartas, a las damas chinas, hablaban, reían. Los bares y restaurantes estaban llenos y el espacio natural era espacioso y a la vez acogedor. 

El lago y la Pagoda me ocuparon la tarde-noche. Una vez más, precioso. Hangzhou es una gran ciudad para vivir. Eso parece. Tiene los servicios de una gran ciudad combinado con una naturaleza espectacular. Cierran la Pagoda. Este ha sido otro día intenso. Todo a pie. La mañana queda muy lejana.

Llego al hostel. Uno de mis compañeros de habitación es muy simpático. Aquí son todos chinos. El albergue es enorme y creo ser de los pocos extranjeros que hay. El chico, sobre los 18 años, al decirle que vengo de España, dice las dos palabras mágicas que dicen todos los chinos cuando nombro España: Barceloonaa, Meeessi. Una seguida de la otra. Ha dejado de ser una novedad. Es una constante de todo el viaje. Barcelona y Messi parecen ser un matrimonio indisoluble. 

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