Rina, Rina, son las 10:30. Ok. Así habíamos quedado anoche, que yo la despertaría cuando me levantara y ella vería si se venía o no al Palacio de Verano. Al final fue que sí. Rina se terminó convirtiendo en mi compañera de viaje los últimos dos días. Y cada día de este viaje es tan intenso que dos días es un montón. Duerme en mi misma habitación y el deje chileno la delata a kilómetros. Estuvimos hablando anoche. Está viajando sola. Ha estado por el sudeste asiático y China es su última parada.
Me pareció agradable y sobre todo sincera, muy sincera. Cuando se enteró de mis dos semanas de mocos infecciosos, no tuvo reparo en decir lo que pensaba. Eso, eso va a ser mmm, no me acuerdo como se dice. La enfermedad esa de los aires acondicionados. ¿Legionela? Exacto, legionela. ¡Ah!, ¿sí?, ¿tú crees? Sí, dos semanas y no se te quita, sí, legionela. Rina. ¿Sí? Tengo entendido que la legionela mata si no se coge a tiempo (el cual ya empezaba a ser mi caso). Exacto, mata. Gracias, ya me quedo más tranquilo. No sabía lo que podía tener y la incertidumbre me estaba matando. Ahora ya sé que lo que me está matando es la legionela. Después de esto la vida sólo podía ir a mejor. El tiempo que durara eso sí.
Al cierre, me dirigí a Silk Street. El más agresivo de los mercados en la historia de la humanidad, con permiso de Wall Street. Ayer Sanlitún me había preparado. Pues más de lo mismo, pero con más intensidad.
A la llegada al hostel busco a Rina. Le cuento mi experiencia silkstreet-era y me acompaña a cenar. La barbacoa está a la orden del día. En la calle siempre hay puestos de comida hecha a la barbacoa. Como descubran a Georgi Dann, hacen de su canción el himno nacional. Entonces sí que iba a ver una revolución en China. ¿1.350 millones de chinos cantando La Barbacoa? Sería la hostia.
La cena termina siendo divertida. De momento la legionela me deja con vida, pero le ha salido un duro competidor. La salmonela. El cocinero rellena una botella de plástico con huevos crudos y la deja al lado de la plancha, cogiendo calorcito. Cuando alguien quiere un huevo, abre la botella, derrama un poco de mezcla sobre la plancha y listo. La cuestión es que mi pimiento va relleno de huevo. ¿Cuánto tiempo lleva esa botella ahí con los huevos crudos? Misterio sin resolver. Rina, ¿tú cómo lo ves? Despreocúpate, ya tienes legionela, no creo que la salmonela sea peor. Gran cena, grandes risas.
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