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13 de diciembre de 2012

Día 21: Misterios sin resolver y despedida


Fiesta Nacional China. Me dirijo a Tiananmen. La plaza pública más grande del mundo. Las ordas de personas nos dirigimos a la plaza. Estoy todavía lejos y esto ya está colapsado. Nos apretujamos en las aceras. Yo me pregunto qué ocurrirá dentro de la plaza. Y ellos se preguntan que hago yo aquí. No veo ningún occidental. Llego justo cuando se abre el acceso. La marabunta ya está en movimiento. Entrar en la plaza requiere sus pertinentes colapsos en las calles de acceso (somos más personas de lo que la acera permite), paciencia, saltarse algunos controles estúpidos (la policía, que por cierto siempre se mostró muy amable, pretende que la marabunta pases en fila de uno por el check-in de bolsos, eso es imposible, la marabunta se abarrota, corre y se atumulta a borbotones) y amor a la patria o curiosidad, que era mi caso.

¿Qué pasará dentro? ¿Habrán gradas preparadas para un discurso del presidente? Claro, por eso la gente corre, hay que coger un buen sitio. No. No hay gradas. ¿Pasará el desfile militar por aquí y éste es un lugar privilegiado para verlo? Claro, por eso corren, hay que coger un buen sitio. No. No vi nada parecido. Qué pasa dentro de la plaza es un misterio aún sin resolver. No vi nada que no hubiera visto otros días. Gente sacándose fotos. ¿Para eso el agobio? ¿Para eso las prisas y las colas? No lo sé, yo no encontré respuesta. Puede que luego ocurriera algo, pero desde luego no había nada montado. Cuando salía, más ordas de personas seguían nutriendo la gigantesca plaza. 

La visita matutina me dejó sorprendido y agotado. Vuelvo al hostel. Al poco aparece Rina. ¿Te ha dicho algo la china? Esa es la pregunta más repetida en estos días. Xi Jing volvió a escribir al día siguiente. Dos sms. Preguntaba qué quería que viéramos juntos al día siguiente, dónde nos veíamos y también si podía traer a un amigo/a. No está claro si era amigo o amiga, eso es lo que tiene la lengua de Shakespeare, que "friend" vale para los dos. Por segunda vez, ya lo hice cuando nos conocimos, le dije que los sms eran muy caros y que nos escribiéramos mejor por mail para comunicarnos largo y tendido y sin limitaciones. Xi Jing no volvió a comunicarse más. Qué pasó es otro misterio sin resolver. Una teoría aceptable podría ser que Xi Jing creyó encontrar un europeo rico y descubrió que no era así. Y, la verdad, para quedarse con uno pobre se quedaba con un chino, que le quedaban más cerca. A Rina le pareció aceptable la teoría.

Las 3 de la tarde. Me voy que no llego al Templo de los Lamas, cierra a las 4:30. En bus no, pero en bici seguro que llegas. Grande, muy grande. Pues si vas en bici voy. Ok. En 10 minutos estoy lista. Perfecto. 

Las ciudades en bici se hacen más agradables. Y Beijing se convierte de repente en una ciudad espaciosa, respetuosa, accesible. Por momentos, el carril bici es más ancho que dos carriles de coche. Ahí vamos todos. Es fantástico. Pedalea sin parar por las grandes avenidas, por las rectas interminables, no pares, pedalea, disfruta, abre los brazos, respira, las calles son anchas, los edificios grandes, pero las calles anchas. Beijing se transforma. Para llegar al templo, la gran avenida da paso a un Hutong, calles antiguas de viviendas unifamiliares. La calle es estrecha, la vida cercana. Beijing parece por momentos un pueblo. Los muchos Hutongs son prueba se ello. Esta ciudad es increíble.

La vuelta al hostel es nuevamente una inyección de endorfinas en cada pedaleo, esta vez nocturno. las luces de la Gran Fiesta Nacional y la luna llena iluminan la ciudad. El pedaleo nocturno es excitante. La felicidad me vuelve a salir al paso en este viaje. Sólo hacía falta una bici. Bordeamos Tiananmen, sus alrededores siguen abarrotados. La plaza ya ha sido cerrada al público. Bajamos. El hostel sigue ahí.

Se acabó. Ya está. Ahora toca lo peor, intentar meter en la maleta lo viejo y lo nuevo. La habitación está apagada, la gente duerme. Saco las cosas a la sala. Estoy agotado. No quiero hacer la maleta. Mis cosas ocupan todo el banco. Ropa, bolsas, zapatos, neceser, toalla,... Juego un billar. Venga. Tienes que hacer la maleta. La pena me invade. La satisfacción también. Esto ha valido mucho la pena. China estará siempre en mi recuerdo. No me quiero ir. 21 días. Parece mucho más. Qué lejos quedan ya Vanessa y Javi, la Gran Muralla, el ole tú, el barrio musulmán y la muralla de Xian, las carreras para coger trenes y buses, los viajes nocturnos en tren, el tráfico en Yangshuó y sus increíbles paisajes, las terrazas de arroz, el universo de Javi y Hipi, el lago de Hangzhou, las luces y vitalidad de Shanghai, la belleza de Suzhou. 

Conseguido, todo dentro. Maleta hecha. Es la una. Despiértame mañana para despedirte. Ok, Rina. Hasta mañana. Descansa. Aguanto un poco más despierto. Mañana toca vuelo de mil horas. No sé cuántas, la verdad. Toca desandar el camino al aeropuerto. Volver allí donde llegué el primer día, sin saber lo que  me esperaba. Ahora sí. Me duermo. Caigo rendido pensando que la fiesta nacional no ha sido para tanto y con la duda de si, finalmente, pasó algo dentro de la plaza.

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